Conocí a Joaquín García de Dios cuando yo era chaval en Comillas. En sus clases, además de divertirnos con su fino humor, con sus lecturas de Las mil y una noches y La princesa Badul-Budur y las frecuentes alusiones a san Pitopato y al perro en la sacristía, nos despertó la imaginación y nos enseñó a escribir. Recuerdo que fue galardonado con el Premio Jacinto Verdaguer con un trabajo sobre “La Atlántida”. Celebrábamos felices su llegada a clase con las manos en los bolsillos del guardapolvo que usaba sobre la sotana.

En estos años de compañeros de comunidad recordábamos esas viejas historias con cierta nostalgia. Él no recordaba un poemilla que me escribió en mi libreta: “Lloró una lagartija – sinóptica en su endecha – decía que era estrecha – su mísera rendija”. Viejos tiempos que surgían en ocasiones comentando nuestros caminos desde los tiempos de aquella colina de La Cardosa en Comillas.

Son muchas las vueltas y revueltas desde entonces hasta el momento en que se nos ha escapado para dar “EL ABRAZO”, como él decía, al Padre de todos. Fue un Viernes Santo de 2022.

Zeú (a quien nosotros bautizamos así sin saber que también sus compañeros lo hacían) fue un gran jesuita, gran músico (cuando en mi época representamos Godspell, incluimos su “Pasito a pasito” en una de las escenas que el guion permitía improvisar) y un gran educador de pequeños y adultos. Durante muchos años acompañó y fue apoyo y consuelo para todos los que le buscaban.

Joaquín fue el primer director de Santa María del Mar y uno de los fundadores de la revista pedagógica “Padres y Maestros”. Podría seguir hablando de él hasta llenar páginas. Tal vez alguien lo haga.

Este pequeño testimonio quiere acercar a los que no lo conocieron, la entrañable figura de Zeú, también llamado Joaquín García de Dios Domínguez, coruñés de la calle Tabernas y el mayor de 19 hermanos.

Paco Zanuy